4 ene. 2018

LECTURAS 2018.



   Volvemos a abrir un período de nuevas lecturas. 2017 conseguí cerrarlo con 29 novelas leídas y disfrutadas, contabilizando entre ellas algún que otro título de lectura cero que no he podido revelar, a la espera de que alguna editorial le dé la oportunidad que sin duda merece. Otras tantas (calculo yo) se me quedaron sin terminar. El tiempo es oro y yo hace mucho que lo cuido con esmero, por lo que no me apetece emplearlo en la lectura de obras en las que, por distintas circunstancias, me cuesta un esfuerzo avanzar. La lectura es un placer, no un castigo, una obligación o una autoimposición, no lo olvidemos.

  Este año que comienza es mi intención superar el número de lecturas de 2017. No parto con la obsesión de conseguirlo a toda costa, por supuesto, pero auguro que será así porque la escritura, que me arrebató un tiempo precioso el año pasado, dejará de estar presente en el actual. Este año voy a empaparme de las letras de otros, de las historias de otros, de las tramas y personajes construidas y nacidos de la mano de otros. Dos vertientes de la literatura por vivir que, a día de hoy, pretendo reducir a una con la consiguiente inversión en ella de parte del tiempo sobrante. 

   Pero aún hay más. Aún queda de dónde arañar minutos, horas incluso para dedicarlas a otras parcelas que también merecen cuidado extremo, como el terreno de lo personal y de lo familiar: las redes sociales. Entramados de comunicación que nos aportan tanto como nos arrebatan, que nos satisfacen tanto como nos enfadan. También a ellas pretendo hacerlas a un lado; no quiero desterrarlas, pero sí reducir al máximo mi implicación en ellas para poder mirar hacia dentro en mayor medida que hacia fuera. Toca desviar la vista, cambiar de miras, abstraerse. Volver a pisar de lleno horizontes conocidos para mí y desconocidos para muchos. Ganar intimidad y anonimato, aunque este nunca haya estado perdido del todo.

   De cualquier forma, todavía me queda algo por ofrecer, algo que quizá sea, para mí, de lo mejor que he sabido crear hasta el momento, una novela de ficción contemporánea —guardada con celo— que verá la luz a lo largo de este año, sea de la manera que sea; probablemente en torno al verano. Con ella terminaré de vaciarme de esas letras que tanto placer me dan, que tantas y tan bonitas experiencias me han hecho vivir.

   Dejando las divagaciones y volviendo a esta lista de lecturas que pretendo inaugurar, traigo una primera novela que terminaré en breve y que me está encantando, un novelón de los que a mí me hubiera encantado escribir. No sé si plasmaré en este blog mis impresiones, eso lo dejo al sentir del momento, como en todas las demás que pueda leer. Será tal cual fluya. Tal cual me lo pida el cuerpo. 

   Sin más, os deseo un año plagadito de buenas lecturas, así lo quiero yo para mí. A ver si consiguen conquistarme y no se me borra del rostro la sonrisa que esta primera ya me ha dibujado en él ;)

   Un beso para tod@s.


   LISTA DE LECTURAS.

   1. DESPUÉS DEL AMOR de Sonsoles Ónega (588 págs) *
   2. CRÓNICAS DEL MÁS ALLÁ de Sol Blanco-Soler (300 págs).

30 dic. 2017

QUE PARE EL RELOJ.


   Escucho de fondo el tic-tac de un reloj que me hipnotiza. Unas luces diminutas acompañan su ritmo. Son pequeñas, de vivos colores, y envuelven el árbol de Navidad cuajado de adornos que habita un rincón, abrazado de arriba abajo por una guirnalda blanca como la nieve, esa que nunca acompañó mi infancia y que tantas veces soñé. Me recreo en él y mis pupilas se funden con cada destello que reflejan las bolas y estrellas, las cajitas de regalo y los bastones que, danzarines, penden de cada una de sus ramas. Los admiro largo rato, saltando con la vista de uno a otro hasta que se difuminan abriendo paso a las imágenes del pasado que alberga mi corazón: las del Belén gigante que construíamos en el salón de casa, con piezas de barro cuidadosamente guardadas año tras año; las de mi abrigo pequeño y mi gorro blanco —rematado con una gran bola en lo alto de la cabeza— con los que me vestía mi padre antes de partir hacia la Misa del Gallo; las de las notas escritas junto a cada regalo, con esa letra tan familiar que mi mente inocente ignoraba por ser mágica noche de Reyes; las de los villancicos cantados con una botella de anís y un cubierto como acompañamiento musical exclusivo; las de las uvas que, entre risas, tomábamos en familia hasta casi atragantarnos, para acabar fundidos en un abrazo repleto de esperanza y buenos deseos que siempre creímos posibles; las de las bengalas que yo compraba para hacerlas lucir junto a un brindis, con las luces apagadas, en una suerte de firmamento construido con luz propia para nosotros...

   Sonrío con nostalgia infinita. Por una infancia en la que supe vivir cada átomo de tiempo que se me brindaba, con el futuro todavía ausente. Sin sombras. Sin miedos. Sin expectativas deshechas. Sin malos presagios ni lamentos. Sin cruzar los dedos por que nada volviera a repetirse. Sin rezar —quién sabe a quién o a qué— por que nos cambiara la suerte.

   El tic-tac del reloj suena. Y tomo conciencia de que hay etapas sin apenas recuerdos. De que ha pasado el tiempo y la vorágine vital se los ha tragado como un tornado, dejándonos más desolación y ansiedad ante estas fechas que las ganas de disfrutarlas como entonces hicimos. Por eso hoy quiero paralizar sus agujas. Desterrar las prisas para ser consciente de cada instante, de cada acto, de cada deseo auténtico alejado de imposiciones ajenas. Quiero olvidar el futuro, porque nos marca sin existir. Y quiero olvidar del pasado lo que nunca debió ser. Quiero vivir en presente y extender los minutos para ralentizar la vida. Y ser consciente de la sonrisa que me dedican y que apenas vi; de los abrazos que desearon ser interminables y no se los permití; de un paseo largo sin hora de vuelta, admirando las luces, el bullir de la gente o los caballos de un tiovivo en el bulevar del centro que provocan deleite en los más pequeños; de la charla tranquila entre amigos, en un almuerzo organizado como excusa para poder vernos; de una película antigua a medianoche, abrazados en el sofá; del ir y venir de mis hijos, con sus rostros iluminados por las experiencias nuevas que nosotros ya vivimos; de un café entre hermanos en el que preguntarnos qué tal nos va; de ver mi casa repleta de gente, con esa sonrisa de bienestar colectivo que me engrandece el corazón hasta dolerme; de una lectura tranquila, saboreando cada palabra, cada frase convertida en reflexión con la que madura el alma; de las risas tontas a través de un teléfono o un chat, que tanto nos acercan en la lejanía; del silencio, que nos permite escuchar nuestra madurez, con sus consejos de hombres y mujeres venidos de vuelta, a los que ya empiezan a sorprenderles pocas cosas y soslayar, en cambio, otras muchas porque lo importante comienza a reducirse a nada.

   Me acomodo bajo el árbol y me siento viva, tranquila y capaz. Dejando que sea él el que soporte el peso del tiempo y de los recuerdos —los pasados y los que tal vez serán futuro—, mientras yo los miro despojada y libre. Consciente del momento y de mí. Del instante en el que vivo y de cómo deseo vivirlo yo.

   Nada más.

   En su copa reza: «Feliz 2018». Pero esos dígitos no supondrán para mí un año, sino cada día, cada hora, cada minuto que lo componga. Vividos de uno en uno con conciencia plena. Sin interrupción ni anticipos.

   En esta noche de viernes, de un viernes cualquiera, yo no voy a desearos feliz año. Prefiero desearos, simple y llanamente:

   «Feliz vida».
 

24 nov. 2017

RELATO: «BROTES Y ESPINAS».

Acuarela de Steve Hanks


   No sé cómo decirte esto. No encuentro las palabras. Intento elegir aquellas que carezcan de aristas con las que pueda dañarte, pero no las hay cuando de rupturas se habla. El sentimiento que las reviste hiere en lo más profundo, a pesar de ese amor residual que aún nos queda en el fondo del alma.
   Ayer volví a soñar con ella, como tantas otras noches desde que la conocí; tal vez por haber estado negándola hasta la saciedad, por haber querido desterrar de mi mente la nebulosa en la que se ha instalado acompañándome a perpetuidad, en cada minuto y en cada lugar, mientras buscaba para todo esto un nombre que me salvara de una quema que nos abocaría a ti y a mí a la perdición, al distanciamiento, al recelo que sentirás hacia mí al hacerte esta confesión. Admiración, compañerismo, amistad, adulación... Nombres que he deseado, con todas mis fuerzas, que dieran cuerpo a esto que siento y que me arrastra en contra de mi voluntad; nombres que he deseado, de manera agónica, que acabaran de una vez por todas con el desconcierto que me tiene robado el seso desde hace tiempo. Pero no puedo mentirme más. Hay brotes con savia nueva en el envés de mi corazón, en esa parte desconocida a la que nunca se me ocurrió escuchar y cuya voz me empapa ahora como una lluvia fina, cálida y constante. Tan deliciosamente agradable como jamás pude imaginar.
   Tengo un nudo emocionado en la garganta tomando de la mano al dolor. Y no sé cómo tragarlo, ni cómo hacértelo tragar a ti para evitar que como espinas se te clave dentro. Es el amor el que ordena mis actos. No es lujuria, engaño ni perversión. Es el amor transferido de ti hacia ella, escapado de forma insurgente y descontrolada, como un pájaro que hubiera aprendido a volar y decidiera, por sí mismo, el lugar en el que quiere estar. En el que debe habitar.
   Me he enamorado de ella, anoche lo supe al fin. Anoche, cuando volví a soñarla; cuando pude tocarla por primera vez bajo la protección de Morfeo y mi corazón se vistió de rojo, con pasión inusitada. Sí, ya sé lo que estás pensando, te conozco demasiado bien. Tu perplejidad de esposo se habrá instalado en tu rostro; también lo estuvo en el mío. Pero ya la desterré. Nunca había encajado piezas iguales en un puzle de carne y piel, pero el deseo y el amor las une de igual manera. Ahora lo sé. Construí con ella un paisaje doblemente ondulado, sellado a besos, del que no quise escapar. Suave. Delicado. Febril. Por el que escalamos sin prisa como exploradoras intrépidas, conocedoras de nuestros deseos por instinto propio. Y me dejé abrazar... Y acariciar... Por sus labios de terciopelo, por sus manos gráciles, por su cuerpo delicado, esponjoso como algodón.
   Hoy la he visto y me ha mirado. Y ha debido de leer mis pupilas, porque las suyas han chispeado. Le he devuelto una sonrisa y hemos caminado haciendo sonar los tacones, con la fuerza que la felicidad imprime. No hemos hablado. Pero nuestros ademanes se han hecho promesas de amor,  como dos amantes que se reconocen ajenos al tiempo, a las circunstancias, a los compromisos previos, sin que importe cuáles son.
   No puedo mirar a otro lado, tampoco hacia atrás. Por favor, perdóname.
   Siempre te he amado, tenlo por seguro.
   Y ten por seguro que siempre te querré.

©Pilar Muñoz - 2017


17 nov. 2017

RELATO: «QUIERO OTRA OPORTUNIDAD».

(Pintura de Ennio Montariello)

   Acudí a mi cita ginecológica como tantas otras veces lo había hecho. Sola. Nunca había sido aprensiva ni tampoco hipocondríaca, al contrario, confiaba en una especie de barrera imperceptible que me brindaba una protección absoluta ante las enfermedades mundanas que otros muchos padecían y que estaba segura de que no me alcanzarían jamás. Solía analizar el rostro de cuantas esperaban ser llamadas por la enfermera de turno, buscando ademanes dolorosos, muecas de preocupación. Intentaba recrear sus historias personales a partir de una palabra, un comentario o el monólogo extraído de una conversación telefónica a medio volumen. Yo parecía estar allí de paso. Diez minutos de consulta y hasta el año siguiente.
   Cuando entré en el consultorio, la doctora me saludó cordial, centró la vista en la pantalla de su ordenador y abrió un par de sobres que contenían los resultados de las pruebas efectuadas dos semanas antes, una citología y una incómoda mamografía, y leyó con pausa el informe escrito que acompañaba a ambas. Me entretuve en mirar los cuadros de las paredes, las fotografías familiares de su escritorio y algunos artilugios dispares a la espera de que ella retomara la conversación.
   —Lidia, pase al fondo y descúbrase de cintura para arriba. Voy a reconocerla.
   Aquella alteración inusual en el orden de las cosas me extrañó. El reconocimiento de las mamas siempre era previo a la recogida de resultados, aunque recordaba que no lo había hecho en aquella última ocasión. Sin decir nada me desnudé y me recosté en la camilla elevando los brazos; ya conocía de sobra la rutina postural.
   La doctora comenzó a palpar mis senos con mayor detenimiento de lo habitual, centrándose especialmente en la zona axilar derecha. Su cara de circunstancia y su mirada perdida mientras insistía en ahondar sus dedos hasta hacerme daño comenzaron a preocuparme.
   —Ya puede vestirse —dijo—. Veo conveniente que le hagan una ecografía mamaria. Vaya con este informe a radiología y espere. Veré si puedo conseguir que se la hagan a lo largo de la mañana.
   —¿Es urgente? —me atreví a preguntar. Ella asintió con la cabeza—. ¿Qué ha visto?
   —Esperemos al informe del radiólogo —espetó con seriedad.
   Salí de la consulta casi sonámbula, con un incipiente cúmulo de contradicciones rondándome la cabeza. «La mamografía debe de ser confusa» —pensé—, «la opresión de las planchas me hacía tanto daño que seguro que debí de moverme sin darme cuenta. Pero, ¿y si han visto algo?».
   Mientras esperaba con paciencia a que gritaran mi nombre, cogí el teléfono para llamar a la oficina y avisar de que llegaría más tarde de lo previsto, o tal vez que no regresaría. Después miré mi agenda, jugué con un bolígrafo viejo que encontré en el bolso, releí los mensajes de móvil de los últimos meses y paseé de arriba abajo por el pasillo del hospital. Cuando entré y aquel doctor comenzó a deslizar el frío artilugio por mi pecho, no desvié la mirada de su inexpresivo rostro ni un solo segundo, deseando hallar un ápice de esperanza reflejado en él. Apenas se molestó en ofrecerme una mínima explicación. Pensé que el hastío de un monótono trabajo había mermado gran parte de su sensibilidad, o quizá fuera que prefería dejar las malas noticias en manos de otros.
   Volví a la consulta de mi ginecóloga y esperé sus instrucciones sobre marcharme o quedarme y escuchar que todo estaba bien, una vez despejadas las dudas iniciales. Pero su leve carraspeo para aclarar lo que de ningún modo estaba obstruido hizo que me reclinara hacia adelante, intentando sacar pecho para afrontar la situación.
   —Tenemos un pequeño problema —anunció al fin—. Los resultados muestran una pequeña masa informe…
   A partir de ahí dejé de escuchar, como si en mi mente se hubiera producido un cortocircuito de seguridad. Selectivamente atendí a ciertas directrices que debía cumplir a partir de ese momento, colándose por las rendijas ciertos términos como biopsia, tumoral o maligno. Ni siquiera sé si albergó dudas sobre una posible benignidad. No la oí.
   Abandoné aquella sala con una tarjeta en la mano en la que tenía anotada mi próxima cita. En la Unidad de Mama del Hospital Universitario. Área quirúrgica. Cirugía externa. La mantuve en mi mano leyendo y releyendo una y otra vez mi nombre y mis apellidos junto a aquel destino que los acompañaba de forma sobrecogedora. No me puse el abrigo, ni fui capaz de colgarme el bolso, ni de sacar mis gafas de sol. Salí a la calle y anduve sin controlar el tiempo ni el lugar de destino, dedicada, en exclusividad, a observar cada rincón del mundo que tenía a mi alrededor y que ahora me parecía no haber visto antes en su totalidad. Una desesperada incredulidad me hizo renegar de que todo aquello fuera verdad, aunque algo en mi fuero interno me hacía sentir que acababa de llegar lo que, inconscientemente, siempre había esperado. ¡Cuántas veces me hice a mí misma la absurda pregunta de por qué tenía tan sumamente corta aquella línea de la mano, la que muchos quirománticos de férreas creencias achacaban a la vida!
   Un autobús de línea escolar pasó por mi lado haciéndome reaccionar y un brote de ansiedad me atravesó de lleno cuando vi sus caras pequeñas pegadas en el cristal. Mis hijos. Fue justo en aquel instante cuando comencé a ser de verdad consciente de lo que aquello podía significar. Entonces arranqué a llorar de manera absurdamente descontrolada. Alguien pasó por mi lado y me preguntó si necesitaba ayuda. La miré con los ojos empañados y estuve tentada de hablarle de mí, pero me contuve, le agradecí el gesto y analicé con detenimiento a quién confiaría mis peores temores ante lo que aún no habíamos confirmado. Pero no encontré a nadie. Mis hermanos ya tenían demasiados problemas que afrontar como para aventurarles un diagnóstico anticipado. Mis padres eran demasiado mayores para darme aliento sin desfallecer primero. Mis hijos eran excesivamente pequeños, provocaría en ellos el temor irracional a verse solos. Quedaba mi marido, mi fiel compañero durante veinte años; sin embargo, estaba tan acostumbrada a verme independiente, a resolver sola mis propios problemas que pensé que este sería uno más. Supongo que en el fondo tenía miedo a que pudiera trivializar la situación de tal modo que me hiciera sentir débil, vulnerable, incapaz de controlar mis sentimientos desbordados inútilmente. Llegué a dudar, en un ataque de confusión, si en verdad le importaría que mi salud se viera afectada de semejante forma.
   Ni familia, ni amistades, ni compañeros. Opté por callar y ahogar el problema, como siempre; resolverlo sola disimulando mis altibajos emocionales, como siempre; engullirlo todo bajo la desesperanza, la tristeza, la apatía, la resignación; como siempre. Una conducta continuada en favor de los demás dejando mi cuerpo, mi mente y mi equilibrio emocional en manos de un destino que no me había sabido ayudar y al que tampoco yo había sabido pedir ayuda. Erróneamente.
   Llegué a casa y mi única meta fue cumplir, lo mejor posible, con mi rutina habitual hasta el día en que debiera hacerme aquella punción. Un nudo se apoderaba de mi garganta cada vez que miraba a mis hijos. ¡Cómo podrían perdonarme el hecho de abandonarlos! Habían sido muchas las ocasiones en que les había prometido que esperaría para marcharme a que se hicieran adultos, a que no me necesitasen. No los podía defraudar. Pero me sentía indefensa ante la situación. Cualquier comentario por su parte que incluyera una planificación del tiempo me ahogaba por dentro. «¿Dónde iremos de vacaciones este año? ¿Me ayudarás cuando vaya al instituto? ¿Qué me regalarás por mi cumpleaños?». Me senté en la terraza intentando desviar mi atención sobre una sarta de pensamientos negativos que no paraba de rumiar en mi interior. Multitud de pequeños hábitos se harían añicos si yo no conseguía detener aquello. Yo llevaba a mis hijos al colegio, les compraba su ropa favorita, estaba pendiente del material escolar, de hablar con sus profesores, de estudiar con ellos, de aconsejarlos. Llevaba las riendas de mi casa, como cualquier otra mujer, velaba por la maltrecha economía y compaginaba mis obligaciones caseras con un trabajo cuyo sueldo disminuiría considerablemente en detrimento de su calidad de vida. Muchas cosas se perderían, y entre ellas yo, aunque una vez más, como de costumbre, volvía a pensar en las repercusiones negativas que mi marcha tendría sobre los demás, pero no sobre mí misma. Entonces adquirí conciencia de cuántas cosas me perdería yo.
   Eché la cabeza hacia atrás y dejé que el sol me acariciara el rostro. El calor me abrazó y el aire meció mi pelo con suavidad. Me sentí viva. Observé el cielo azul salpicado de nubes blancas y disfruté de una estampa que me resultó preciosa, aunque siempre había estado ahí. Fui consciente, de repente, de muchos pequeños detalles que me había brindado la vida y que yo había menospreciado en un alarde materialista inculcado socialmente, y del acervo de menudencias intrascendentes a las que había dado una importancia superlativa sin merecerlo. Lamentos, una colección de lamentos por todo lo que no tuve no me permitió apreciar cuán afortunada podría haber sido hasta el momento. Y ahora lo sabía. Ahora que podía perderlo, supe que siempre estuvo al alcance de mi mano sin que la venda de mis ojos me permitiera tocarlo. ¡Qué forma más imbécil de perder el tiempo!
   A duras penas conseguí llegar hasta la fecha de la biopsia. Los dos últimos días había permanecido especialmente irascible. La incertidumbre de lo que pudiera pasar era una losa más pesada de soportar que el diagnóstico negativo en sí. Al menos eso me permitiría tomar cartas en el asunto, coger el toro por los cuernos y avanzar con valentía. Pero esa espera paciente de los acontecimientos me estaba matando, nunca había pasado por estados de ánimo tan dispares en tan poco tiempo. De la incredulidad a la negación. De la negación al miedo. Del miedo a la desesperanza. De la desesperanza a la indefensión. De la indefensión a la tristeza. Y de la tristeza a la ofuscación por no haber sabido vivir la vida, mi vida, por haber optado por centrar mi preocupación en la grasa de mis caderas y de mis muslos cuando aquello distaba mucho de ser una enfermedad, por no haber podido viajar en primera clase cuando una excursión en bici campo a través bien podría haber sido una experiencia de lo más reconfortante, por no tener una televisión de gran tamaño cuando una distendida charla con buenos amigos enriquecen más el alma. Decidí con firmeza que jamás volvería a ser así.
   Me levanté aquella mañana fingiendo que iba a trabajar. Dejé a mis hijos a las puertas del colegio después de haberme despedido de mi marido con un beso en los labios que me supo especialmente dulce y me personé a las puertas de los quirófanos con media hora de antelación. Todos los allí presentes estaban acompañados, menos yo, pero no busqué culpables ajenos en esa ocasión. La consciente decisión de aislarme había sido mía y sólo mía; incomprensiblemente o no, había sido yo quién había decidido vivir la experiencia en soledad. En un par de horas estaba de vuelta en casa. Regresé en un taxi y me acosté no sin antes haber dejado una nota diciendo que me encontraba mal por un vulgar enfriamiento invernal. Una simple excusa para poder mantener el reposo absoluto de veinticuatro horas prescrito por el médico.
   Tardé tres días en levantarme y necesité unos cuantos más para insuflarme un aliento positivo que me ayudara a darme cuenta de que aún estaba aquí, de que había mucho por hacer y poco tiempo que perder. Una de las consignas morales que acostumbraba a dar a mis hijos afloró a mi mente como un resorte: «Puedes conseguir todo lo que te propongas, sólo tienes que quererlo firmemente». En aquel momento decidí vivir, tirar por la borda las banalidades, las cuestiones superfluas que nos limitan actitudinal y materialmente y replantear mi vida para poder vivir. Así de simple.
   Volví a la consulta de mi ginecóloga sintiéndome otra persona. Aterrada, pero con la divina sensación de observar la escena desde un lugar ajeno a mí misma. Intocable, invulnerable, fuerte. La doctora me brindó una sonrisa plácida y reconfortante, incluso se permitió abrazarme.
   —Es benigno —anunció.
   Suspiré, la miré y le devolví una sonrisa franca. Mi pobre interpretación de la quiromancia me había gastado una broma pesada; miré mi línea de la vida en la mano equivocada. Aun así, ya no volvería a ser como antes. A pesar de todo y de todos.
©Pilar Muñoz - 2011
(Relato incluido en el libro «Ellas También Viven. Relatos de Mujer - Ed. Círculo Rojo) 

10 nov. 2017

RELATO: «EN PECADO».



   Quizá se enfade. Puede que frunza el ceño al tiempo que mira a su alrededor y me invite a alejarme de nuevo, a volver al lugar de donde vengo. O tal vez pierda la voz como la perdí yo la última vez que estuvimos juntos. Y se le vidrien los ojos sin acertar a decir palabra.
   Ya hace siete años que todo acabó.
   Siete años que son todo y nada. Todo para sufrir y nada para olvidar. Todo para llorar y nada para reír cuando quedan los afectos heridos de muerte. Como el suyo hacia mí.
   Apoyo la cabeza en la ventanilla y observo cómo desfilan los árboles, con sus verdes hojas al viento, exhalando el rocío de la madrugada para llenarse de sol. Hay casas solariegas indemnes al tiempo, salpicadas por la campiña, como si fueran universos diminutos con vida propia: la de la anciana vestida de negro que porta un cántaro de agua para beber, la de su hombre con aperos de labranza unos metros más allá, la del vástago pequeño que, con la vara en la mano, se dispone a sacar el rebaño a pastar. El frío corta la piel. Y yo lo siento en la mía a pesar de la llama que aún sigue encendida en mi corazón, que despunta de tanto en tanto con tal fuerza que mis ojos languidecen nadando en recuerdos, los que me quedaron impresos de aquellas tardes de domingo, de sus nudillos golpeando mi puerta a hurtadillas de los vecinos, de las flores silvestres con que me obsequiaba en cada visita, de su mirada borracha de amor y hambre, deseosa de alimentarse a base de besos que terminaban por sedimentar en mi cuerpo.
   Me abandoné.  Sus palabras en mis oídos quebraron mi virtud de mujer decente y me entregué a él. Sin importarme nada. Le abrí mi alma, mi casa, mi corazón… Mi cama. Yo amordazaba mis remordimientos con sus caricias, con sus labios bebiendo en mi boca, con sus juegos excitantes imposibles de confesar, con el calor de su piel sellando hasta el último poro de la mía en cada uno de nuestros encuentros. Y ahogaba la pena que me provocaba su marcha evocando su beso de despedida y su sonrisa amable y plácida, que me acompañaba día tras día, hora tras hora hasta volverlo a ver.
   Cinco años nos dedicamos.
   Un lustro en el que una semana entera se reducía a una tarde. Porque no había vida fuera de ella, no había más mundo que él y que aquello que conseguía regalarme: sentirme mujer. Su mujer. A pesar de no serlo.
   El autobús de línea para y me limpio una lágrima. Respiro hondo y agarro a mi pequeña para bajar. Las últimas palabras de Esteban vuelven a mí como una letanía que me dejó rota: «No podemos continuar con lo nuestro. Contraje un compromiso hace años que debo seguir cumpliendo como un hombre de bien. Espero que me comprendas.»
   Una ráfaga de aire me sacude el rostro y me arrebujo en mi abrigo. En una mano llevo una pequeña maleta y, con la otra, aprieto dentro de mi bolsillo un pañuelo bordado con las iniciales de Esteban que he conservado estos siete años. Mi hija corretea por la plaza del pueblo para ahuyentar las palomas mientras yo camino con dificultad; los adoquines de la calle se incrustan en mis zapatos de tacón. Algunos viejecitos, sentados en bancos de piedra en derredor de la fuente, me observan, con sus chaquetas gruesas, sus pañuelos en el cuello, sus boinas caladas hasta las orejas para resguardarse del frío. Me tienen por una extraña, no queda en mí rasgo alguno de mi niñez. Carmen se detiene en seco y me señala el nido de cigüeñas que ha visto sobre el campanario. Su gesto me emociona al hacerme rememorar las veces en que papá me explicaba que fue una de ellas la que me trajo a casa. Me agacho para situarme a su altura, le recompongo el lazo del pelo y le advierto con nostalgia que esa es la iglesia en la que me bautizaron. Y me mira ilusionada ante tal descubrimiento antes de correr de nuevo para adentrarse en ella, sin que logre detenerla.
   Apenas ha cambiado. El retablo majestuoso me sigue impresionando, tanto como el silencio que circula bajo sus naves. Piso despacio para no hacerme notar y me siento en el último banco para poder admirarla en su totalidad. La curiosidad de Carmen la ha hecho perderse entre las imágenes, ante las que se postra con culto y respeto, propio a su edad. A mí me sudan las manos y me tiembla el cuerpo. Y no es por frío. Sino por un presagio que ahora se cumple y que casi me hace llorar.
   Parcialmente escondida tras una columna de mármol del pasillo central, advierto a Carmen que venga hasta mí, con cuidado de no delatarme. Los Santos parecen mirarme, pero me da igual. Los feligreses entran para asistir al oficio, muchos se han acomodado ya. Niños, hombres, mujeres con vestidos de domingo, postura solemne y con un gesto de reflexión cristiana que induce a pensar que jamás pecaron. No como yo.
   Me desplazo hasta un lateral, un par de bancos más allá. Con el corazón palpitando le tiendo a Carmen el pañuelo impregnado en perfume, el que siempre usé para él. Y le pido que se lo entregue, indicándole quién es con una inclinación de cabeza sutil que solo mi hija ha podido apreciar.
   Esteban. Mi amado Esteban.
   No puedo evitar sollozar cuando él la mira perplejo, sujetando sus pequeñas manos, fundiendo sus ojos en los de mi hija, que sin duda alguna ha debido de reconocer. Idénticos a los suyos.
   Yo me he girado para darles la espalda, porque sé que él, cuando reaccione, me buscará. Una anciana a mi lado me mira. Lleva un pañuelo negro enmarcando su rostro y un rosario en la mano. Por un momento detiene sus rezos y me pregunta:
   —¿Se va a usted a confesar?
   Dudo. Y siento que palidece mi tez al pensarlo. Pero tal vez sea momento de quedarme en paz conmigo misma, de volver a casa con el alma apaciguada y con el corazón liberado del peso de los secretos.
   —El padre Manuel está allí —apunta la anciana—, pero ya llevo veinte años confesándome con el padre Esteban y él me comprende muy bien, ¿sabe usted?
   Asiento con lentitud y me levanto despacio, suspirando, entornando los ojos hasta arrodillarme en un lateral del confesionario, con los puños cerrados en torno a mi boca.
   —Ave María Purísima —arranco a decir.
   —Sin pecado concebida —contesta él.
   Su voz me conmueve, me agita, me eriza el vello ante el cúmulo de emociones que despierta en mí. Y a duras penas, con la garganta quebrada, confieso:
   —Me acuso, padre, de que aún lo amo. De que no lo he olvidado y no podré hacerlo jamás.

©Pilar Muñoz - 2017

4 oct. 2017

RELATO: «IRINA».



   Se consumen las horas. Y los días se suceden como un juego de luces a intermitencias, donde la claridad da paso a las sombras en una alternancia que me asusta. No tengo miedo a morir. A este pobre viejo ya solo le aterra el dictado de su conciencia. La que nunca tuvo. O tal vez sí, aunque prefirió no mirarla. No atenderla a pesar de las advertencias a su sinrazón.
   Suspiro a solas, escuchando cómo la vida continúa alborotada tras la ventana, abierta de par en par. No puedo despegar la vista de ella, porque me da el aliento que todavía necesito. El que me falta entre las paredes de esta habitación.
   Sé que debo marcharme con las cuentas saldadas, que la traición es plomo en el alma y pesa en exceso. Pero no es de recibo liberarme de él si con ello causo dolor a la mujer que amo. Dime tú, que me estás leyendo, qué puedo hacer con este duelo, sabiendo que solo uno de los dos habrá de salir indemne: ella o yo.
   Amanda. Mi amada esposa. Mi compañera fiel. Madre de mis hijos, recta, educada, de moral intachable, abnegada y sumisa como una sierva incorrupta. De buena estirpe, complaciente conmigo, atenta con los demás. Pareja y anfitriona excepcional, el orgullo personificado para un juez como yo... Para un juez como yo que exige el deber pero no lo cumple.
   La escucho trastear fuera, manejar las cajas de la medicación que vendrá a suministrarme de un momento a otro. Me mirará con su particular brillo en los ojos y esbozará una sonrisa en la que puede leerse que no le pesa cuidarme. Como siempre hizo. Y a mí se me encogerá el corazón como una uva seca y me repetiré hasta hastiarme que no puedo seguir callando, que no merezco su compasión. Que deberé derramar lágrimas amargas si es preciso, aquellas que no degusté jamás.
   Malditos bríos varoniles que me empujaron a lo prohibido. Que me abocaron al abismo de Irina, con su rizada melena al viento, sus pechos poderosos, su risa alocada e incontenible y sus rasgados ojos negros en los que perderse para no volver. Con Amanda vivía en línea recta y con Irina derrapaba en las curvas hasta sentir vértigo. Amanda era el sosiego y la calma; Irina era ese punto de locura necesario para no dormitar viviendo, para no morir engullido por una rutina aplastante y devastadora. Amanda era casta. Irina era endiabladamente transgresora. Con Amanda me dormía y con Irina me despertaba empapado en sudor, tras un sueño innoble que ella misma provocaba.
   Observo las hojas de los árboles a través de la ventana, percibo la brisa fresca, el aroma de otoño y me embarga la nostalgia. Se me agolpan recuerdos de lo vivido y, con ellos, aflora una sonrisa maliciosa que denota la falta de un arrepentimiento que debería sentir por haberla conocido, por haber mantenido con ella una vida paralela a mi matrimonio durante más de treinta años. Pero no. No lo siento. Me regocijo en su estampa y me digo a mí mismo que gracias a Irina pude soportar el papel que se me exigía en la vida, en mi círculo social, en casa. Ese papel estirado, firme e inflexible como una vara que ella doblegaba como si fuera bambú.
   Aún puedo recordar su olor, la fragancia de su perfume impregnando el pañuelo que solía llevar anudado al cuello y que, de forma maliciosa, introducía en el bolsillo de mi chaqueta para delatarme; las películas eróticas de la sesión golfa que acudíamos a ver con disimulo y a las que ella terminaba dando la espalda, sentada sobre mí; su forma de deslizar los labios por mi nuca, de morder el lóbulo de mi oreja mientras rozaba mi cuerpo con sus pechos desnudos; las caricias en mi sexo con sus cabellos alborotados; los baños en la playa al amanecer, gritando con locura desmedida por la frialdad del agua... Amanda se dejaba hacer si yo lo dictaba, sin estridencias, sin sorpresas, ateniéndose estrictamente al canon moral establecido en su papel de esposa; Irina se pintaba los labios de rojo carmín en el espejo del coche y después, con sonrisa malévola, se sumergía entre mis piernas para dejar impresa en mi sexo la huella del delito. Y yo me volvía loco.
   Pero necesitaba, horas después, la cordura que me devolvía mi mujer, sus masajes en los hombros para rebajar mi tensión, sus preguntas de rutina, su extremado orden vital, al que me sujetaba con fuerza para mantenerme estable tras la marea descontrolada que mi princesa provocaba.
   Amo a mi esposa, siempre la he amado. Pero he estado perpetuamente enamorado de la frescura y vitalidad de Irina, de su sexualidad desinhibida, de su físico exuberante, de su locura, que también era la mía.
   No sé si alcanzarás a entenderme, pero no me importa. La que me importa es ella, Amanda. Confesarle mi traición es tan doloroso como la misma muerte; no la quiero ver llorar. Ni dejar que continúe su vida sintiéndome como un buen esposo cuando no lo fui.
   Podría habérselo dejado escrito, pero eso es de cobardes, y yo... ¿Lo soy?
   El pomo de la puerta cruje, ya está aquí. Ya entra. Me tenso y una pequeña lágrima de angustia escapa y resbala por mi mejilla mientras la miro, con el rostro hundido en la almohada. Ella me devuelve una mirada calma y mece mi alma con su sonrisa, acunándola con ternura. Me acaricia el pelo y coge mi mano; intuye próximo el instante de decir adiós, de desnudarme por dentro para disipar fantasmas.
   Pero no me lo permite. Con dulzura y un halo de dignidad pone un beso en mis labios para acallarme y se le vidrian los ojos, mientras me pregunta:
   —¿Ya te despediste de ella?
©Pilar Muñoz - 2017


4 sept. 2017

PRESENTACIÓN DE «UN CAFÉ A LAS SEIS» EN CÓRDOBA



   El concurso literario convocado por Amazon para este año 2017 cerró sus puertas el pasado 31 de agosto. Más de mil autores esperan una primera decisión, la que elevará a la máxima potencia las expectativas y las ilusiones de cinco de ellos al seleccionar sus novelas de cara a la gran final. Al día de la fecha, aún no sé qué pasará. Pero Raquel (la protagonista de esta historia) y yo no nos detenemos. Porque «Un café a las seis» no fue una novela concebida exclusivamente para el concurso, sino para que tuviera vida propia, independiente, autónoma, y, a ser posible, larga.

    En estos dos meses que ha durado el concurso, la respuesta de los lectores ha sido excelente, cuantitativa y cualitativamente. Las emociones que vertí en ella al escribirla me han venido de vuelta en forma de comentarios públicos y privados, algunos de ellos tan entusiastas que me han recordado de una forma muy vívida que merece la pena escribir, a pesar de todo. De ahí que me haya dicho a mí misma que hay que dar un paso más. O unos cuantos. Y que hay que vestirla de largo para presentarla en sociedad como es debido, hablando de ella cara a cara y contestando a las preguntas que haya suscitado en quien ya la haya leído y esté por leerla aún.

   Comenzamos en Córdoba, como siempre, por dos razones fundamentales: la primera de ellas, porque es mi tierra, mi bonita tierra; y la segunda, porque siempre me ha acogido bien, con todo el cariño del mundo. A ellas dos se une, en esta ocasión, una tercera: que Córdoba también es la ciudad de Raquel, es el escenario en el que se desarrolla esta historia. Pero este solo será el primer destino en el que recalaremos, porque una vez hecha la maleta —que todos sabemos que es lo más engorroso—, lo demás viene rodado. 

   Influencia del primer amor, oportunidades perdidas, búsqueda de la felicidad, nostalgia de juventud, decisiones erróneas, reencuentros memorables... Hay mucho de lo que hablar. 

   ¿Nos acompañas?

   

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