4 jul. 2013

"SI ESCUCHARAS MI CORAZÓN" de SARA RATTARO.

   Una mujer nunca sabe hasta dónde es capaz de llegar en el amor si no se convierte en madre. Puede volverse loca de pasión, haber gozado y sufrido, percibir que el mundo da vueltas a su alrededor, pero ese amor que siente por alguien que sale de sus entrañas es único, incomparable.
   Carlo y Viola son, en apariencia, una familia feliz y unida. Tienen aquello que todos desearían: una preciosa hija llamada Luce, el reconocimiento profesional, una vida acomodada... Viola es guapa, deseada y vital, el mundo le sonríe hasta el momento en que debe enfrentarse a la verdad para salvar a Luce, criada más por un entregado padre que por ella misma. Solo entonces la fuerza de ese amor, de esos lazos mágicos, se le revelará con una claridad meridiana. Pero, para ello, Viola habrá de enfrentarse a su pasado, construido sobre un montón de mentiras.
   Si escucharas mi corazón trata de las relaciones entre madres e hijas, del amor, de la vida y de las cosas que verdaderamente importan.


   Me gustan las novelas que no se terminan cerrando la contraportada del libro, sino cuando es tu mente la que, llegado el momento, pone un punto y final a las reflexiones que se elucubran a raíz de su historia, a esos detalles que nos hacen interpretarla en consonancia con lo que nosotros somos a nivel personal, amoldándola a nuestra propia forma de interpretar los hechos, de vivirlos, de razonarlos o de identificarnos con ellos, con independencia de ese germen principal que la autora ha sembrado en ella con la idea de transmitirnos ese mensaje esencial que, en muchos casos, se dibuja subliminalmente a lo largo de sus páginas. Me gustan las historias que no se remiten a unos hechos objetivos que nos son contados, que no son herméticos o impermeables a las conjeturas que de ellos se puedan hacer, porque entiendo que uno de los aspectos que aporta riqueza de la literatura es la de permitir que cada cual extraiga matices diferentes que contrastar y que compartir, que cada cual descubra sensaciones distintas escondidas entre sus letras y que podrían llegar a sorprender hasta a su propia autora, ignorante de haber suscitado emociones que en principio no se había propuesto.

     La sinopsis de contraportada que he transcrito arriba resume bastante bien el argumento de esta novela. Sin embargo, personalmente discrepo un poco del contenido del último párrafo porque no creo que la novela trate de forma genérica de las relaciones entre madres e hijas o de la vida en general; en todo caso, habla de la relación específica entre Viola y su hija Luce. Pero sí creo que en ella Sara Rattaro invoca un culto al Amor con mayúsculas; no a ese amor romántico nacido del seno de Cupido, sino al amor como sentimiento profundo que suscita emociones a veces irracionales, incomprensibles, incontrolables e indomables, muchos "in" nacidos directamente del corazón y de cuya existencia no siempre somos plenamente conscientes. A ese amor que nos hace cometer locuras en pro del otro, que nos obliga a anteponer su bienestar al nuestro, a dar lo mejor de nosotros mismos en beneficio ajeno, a acaparar los sufrimientos que pululen por el aire para evitar que terminen estrellándose contra ese ser al que tanto amamos, a olvidarnos de respirar si con ello le estamos robando el oxígeno necesario para vivir. Un amor cuyo máximo exponente podemos apreciarlo en las relaciones materno-filiales, aunque no tiene por qué ser el unico, por supuesto.  Y me parece además una historia de confusión, de una confusión profunda en la mente de la protagonista que la hace más humana de lo que pensamos.

   Uno de los máximos anhelos que creo que todos tenemos en la vida es el de tener las cosas claras, el de sentirnos seguros de la dirección tomada, de las decisiones adoptadas, de las acciones emprendidas, de aquello que aspiramos a conseguir y que debemos abandonar por inconveniente. Pero no siempre es así, no todos gozan de la fortuna de caminar con pie seguro y sin dudar. Y Viola es una de ellos. Viola es una de tantos que no encuentra una ubicación en la vida que la haga sentir bien consigo misma, a pesar de que a ojos externos parezca tenerlo todo para ser feliz. Pero qué significado hay más ambiguo y más subjetivo que el del concepto de felicidad. No hay una panacea ideal, no hay un modelo infalible, no hay un nivel de intensidad idóneo ni un boceto que contruir de forma expresa para conseguirla. Cada cual ha de buscar la suya propia. Las piezas de que todos disponemos pueden ser casi las mismas, como en los juegos de Lego, pero a partir de ahí, cada cual ha de formar su propia torre, su castillo propio que se amolde a sus necesidades insatisfechas, a aquello que le resulta esencial para vivir en paz. Y hacerlo además en la compañía adecuada, que no siempre tenemos claro cuál es, porque mente y corazón se empeñan muchas veces en librar batallas como auténticos enémigos, en lugar de aliarse y formar frente común en pro del éxito de la causa. Es entonces cuando, al igual que le ocurre a Viola, nos dejamos arrastrar por la inercia de la costumbre, por aquello que la vida en movimiento nos impone y a lo que no somos capaces de oponernos por falta de lucidez mental, por lo que quienes nos rodean deciden por nosotros por entender que nos aportará esa felicidad anhelada y que aceptaremos ante la duda de que pueda ser verdad, pero dejando paralelamente que los impulsos que asaltan nuestro interior cobren protagonismo de vez en cuando cometiendo locuras que escapan de lo que es politica o socialmente correcto, y que pueden terminar por hacernos pisar terrenos pantanosos por un deseo inconsciente de aliviar de alguna forma nuestra insatisfacción general con la vida y con nosotros mismos. "Existe una diferencia sustancial entre la pesadilla de la que te despiertas y aquella en la que tú mismo te has metido". Hasta que un suceso extraordinario sacude nuestros cimientos, nos zamarrea y nos hace abrir los ojos adquiriendo conciencia de lo que somos, de lo que tenemos, y sobre todo y ante todo, de lo que podemos perder, hasta el punto de apreciarlo como nunca antes lo vimos y de tomar conciencia cristalina de lo que debemos de hacer a partir de ese momento. "El valor, Luce, creo que se llama así, es algo que no puedes comprar porque no sabes dónde buscarlo, pero que, de repente, se precipita encima de ti hasta el punto de que puedes sentirlo hasta en la piel. No sigue un mapa y carece de ubicación precisa, pero sabe agitar todo aquello en lo que crees, aparca tus temores, y parte en dos tus emociones y tu rabia. Poco importan ya tus incertidumbres y tus dudas, porque en ese momento sabes lo que tienes que hacer y, sobre todo, adónde debes llegar."  Y esas son las circunstancias por las que Viola atraviesa, en contraposición a la imponente seguridad de Carlo, su marido, un personaje con el que la autora juega para ofrecernos el contrapunto con el que poder comparar matices de personalidad tan distintos y a la vez tan reales, formas tan diferentes de entender la vida y de priorizar en ella, haciendo que el lector, consciente o inconscientemente, se posicione y se identifique con uno u otro en función de su propio temperamento y de sus propias convicciones ante lo que nos rodea.

   Creo que no tengo que decir que la novela me ha encantado. A pesar de que la voz narrativa me descolocó un poco en sus primeras páginas (por el uso alternativo y sin razón aparente de la primera y la segunda persona en la narración), su estilo ágil -conseguido en gran medida por su lenguaje sencillo y sus frases cortas- y su estructura -saltando del presente al pasado para contarnos lo que ocurre en el momento, al tiempo que nos pone en antecedentes de la vida pasada y de la conducta y temperamento de los personajes- ha hecho que la termine en un suspiro, después de haber tomado nota de algunas de las frases salpicadas por la narración a modo de lluvia filosófica que no tienen desperdicio, y que son tal vez las que perduran en la mente una vez cerrada la contraportada del libro.



  Quiero agradecer a Meg, del blog Cazando estrellas, que organizara el sorteo que me permitió conseguirlo y disfrutarlo.


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