30 oct. 2013

¡FELICIDADES Y A POR TODAS!

   A veces cuestiono los perjuicios que la tecnología y las redes sociales han causado en nuestras relaciones humanas, esas relaciones físicas entrañables en las que, de tú a tú, mirándose a la cara y observando cada uno de esos gestos que conforman el lenguaje no verbal –importantísimo en la comunicación- manteníamos una charla amistosa en la compañía de un café o tomando el aire sentados en un banco del parque. Cuestiono hasta qué punto supone para muchos de sus usuarios una forma de enganche permanente y difícil de sortear que merma la posibilidad de practicar otras actividades placenteras que antes copaban gran parte de nuestro tiempo libre. Pero no puedo dejar de obviar y de valorar el fundamento real, la razón para las que fueron creadas: la de unir y estrechar lazos entre quienes no tendrían de otra forma la oportunidad de haberse conocido e incluso la de ser partícipes de miles y millones de acontecimientos a poca distancia temporal del momento en que se producen.

  Pero no voy a hablar simplemente de relaciones de amistad entre desconocidos, voy a hablar de la sensación especial que produce la cercanía y el contacto directo –o casi directo- con quienes en otros tiempos se alzaron en pedestales inalcanzables erigiéndose como figuras un tanto irreales por aquello de gozar de una habilidad de la que otros carecían y que les envolvía en ese aura de seres mágicos, de grandes maestros, de figuras un tanto misteriosas por desconocimiento además de los aspectos personales que le hubieran devuelto su condición de humanos, entre los que se encuentran, cómo no, los escritores.

   Hay quienes siguen defendiendo que el escritor debe mantener un aura de cierto misterio para conservar ese prestigio que reporta tener una mano y una mente de oro para escribir y vender sus letras –esto lo he leído por ahí en algún sitio, procedente de un debate o una conferencia en no sé dónde, pero no me preguntéis porque a veces no tengo la cabeza muy allá, aunque os aseguro que es completamente cierto-. Sin embargo yo no me siento más tentada de comprar literatura a quienes siguen manteniendo las distancias, a quienes siguen apostando por ser dioses, sino que me place enormemente el hecho de poder tener la oportunidad de contactar con ellos y ser respondida, de poder intercambiar comentarios directos sobre novelas de su autoría, de tener la ocasión de dejarles un mensaje de tú a tú -a través de la red social- de lo que ha significado para mí la historia que han plasmado en las páginas digitales o de papel de sus libros editados. Y sobre todo y ante todo, me complace muchísimo poder ser testigo, como lo estoy siendo, del día a día en la evolución literaria de muchos autores que han partido de la nada y van escalando puestos poco a poco con esfuerzo, ilusión, voluntad, tesón, fortaleza para superar los baches, imaginación, autoestima y muchas ganas de conseguir un sueño al que llevan aspirando años con la ayuda justa para conseguirlo. Me complace y me enorgullece poder decir algún día que “los vi nacer”. Y así lo deseo sinceramente. Porque el éxito de unos no deja de ser un indicio claro de que la perseverancia y el trabajo constante permiten obtener logros en la vida. Y eso constituye una lección de optimismo digna de tener en mente para cualquier empresa que otros decidamos abordar.

   He conocido a escritores que ya están arriba. He conocido a escritores que aún están luchando por salir del anonimato de la mano de una editorial fuerte que apueste por ellos, y que sé seguro que lo conseguirán; su temperamento y sus letras así me lo dicen. Y he conocido a otros que están ahora en medio de ese camino de ilusión, que se encuentran ya cruzando el río de una orilla a otra gracias a Ediciones B, con una mezcla de regocijo y miedo en el cuerpo por la incertidumbre de lo que les espera, pero remando en la buena dirección; tal vez unos más avanzados que otros, pero todos hacia un mismo destino. 

   Esta entrada va por ellos. O por ellas, mejor dicho. Por que alcancen a tocar la gloria. Por que culminen con éxito su deseo de convertirse en escritoras reconocidas. Por que sus letras sean leídas por quienes ahora desconocen por completo su identidad. Por que no cambien, por que sigan siendo tal cual son, mostrándose con la humildad que les valió para ganarse el apoyo de sus amigos y conocidos –entre otras cosas-. Por que mantengan la cercanía con los lectores a los que ahora se deben y a los que se deberán aún más en un futuro si su camino ascendente las lleva muy alto.

   A ellas les digo ¡¡¡felicidades y a por todas!!!  Y a vosotros os invito a darles vuestro apoyo acercándoos a esa narrativa pulcra y a esas historias noveladas que merece la pena leer. Yo ya lo he hecho. Y prometo seguir haciéndolo ;)





ANTONIA J. CORRALES

  
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MARIA JOSÉ MORENO

 



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18 oct. 2013

MICRORRELATO CON AUDIO: "EL BESO"



   Te miro a los ojos y las palabras cesan, se extravían entre un murmullo de sensaciones rebotando bajo mi piel, como átomos incontrolados de deseo y emoción. Dudo. Pero veo descender tu mirada hasta posarse en mis labios y tu corazón sonríe. Entonces me aproximo lenta, tímida, invadiendo esa distancia escasa que hemos ido acortando mientras una charla intrascendente excusaba el motivo auténtico de nuestra cita, de nuestro encuentro tan deseado. Pongo mi mano en tu cuello, suave, delicada. Y las yemas de mis dedos hablan por mí, riegan tu pulso del amor sentido desde hace tiempo. El tropiezo fugaz de nuestras pupilas me intimida. Pero sigo, agitada, nerviosa. Percibo tus dedos adentrándose en mi pelo, impidiéndome el retroceso como respuesta a un sentimiento compartido, a un deseo mutuo. Entreabro los labios e inclino mi rostro con levedad, buscándote. El contacto tibio de nuestras bocas me sume en un tempo lento y largo en el que no tiene cabida la realidad. Me siento perdida e incapaz de regresar de este valle encantado tan soñado, con los fuegos de artificio intimidando al raciocinio, atrincherado en algún lugar recóndito del que no puede salir. Mi corazón palpita hasta hacerme daño mientras dura este intercambio de emociones, transferidas de mí hacia ti, de ti hacia mí, a través de este conducto mágico que nos permite entrelazarnos con sublime intimidad. Nos cedemos parte de nuestro ser, de nuestra esencia de hombre… y de mujer. Sellamos nuestros sentimientos con este beso largo y profundo plagado de confesiones tácitas. Entre ellas, el pacto de silencio que nos acompañará cuando, al despedirnos, seamos conscientes de que todo habrá acabado sin apenas empezar, de que tendremos que vivir de este recuerdo para siempre, alimentándonos de él. Día a día.


 © Pilar Muñoz Álamo - 2013

6 oct. 2013

"LOS LUGARES SECRETOS" de Paula Soler

Nada en esta hermosa empresaria parece indicar que disfrute sexualmente cuando ejerce el poder sobre los hombres. Al castigarlos y humillarlos, al conseguir de ellos su rendición más incondicional. Ante el mundo, Irene es una mujer rica y liberada, inteligente y con clase.
   Nada en este atractivo abogado sugiere que pueda sentirse atraído por los placeres de la sumisión. Al contrario, David es un joven seguro de sí mismo, con un buen trabajo y una vida organizada, enamorado de su novia y a menos de dos meses de contraer matrimonio con ella.
   Cuando los caminos de ambos se cruzan en una tarde de tormenta, Irene y David se lanzan a las aguas del sexo más prohibido sin pensar que el placer puede convertirse en una marea capaz de arrastrarnos a lugares de los que resulta imposible regresar.
   Amor apasionado y erotismo se alían en esta historia intensa, atrevida y provocadora, que rompe todos los esquemas y nos adentra en los senderos más sensuales del deseo.


   No cabe duda de que, en el fondo, la mayoría de las mujeres somos una románticas sin remisión y de que nos encanta y nos seduce de forma poderosa experimentar o, simplemente, contemplar el amor.

   No podemos negar que en estas últimas 4 o 5 décadas,  las mujeres hemos ido avanzando y evolucionando a pasos agigantados para dar rienda suelta a nuestros instintos y deseos sexuales en ciertos casos reprimidos y, en otros, incluso desconocidos para nosotras mismas, en vías de alcanzar una visión del sexo que los hombres ya poseen desde hace tiempo y que les permite conceptualizarlo como una entidad que puede disfrutarse de forma independiente al amor y sin que tenga que ir irremediablemente unida a éste. Sin embargo, a pesar de esos progresos, a la mayoría de nosotras aún nos cuesta desligarlo y disfrutar de la sexualidad per se, tanto en la vida real como en la literatura que nos gusta leer, de ahí que sigan teniendo más éxito entre las lectoras las novelas de corte erótico en las que el amor subyace en la historia que se nos cuenta, y que aceptemos de mejor grado, e incluso disfrutemos,  las escenas en las que se nos describen con detalle las prácticas sexuales de los personajes de la misma, sin que esto signifique, por supuesto, que no haya mujeres  amantes de la erótica sin más, como suele ser más habitual entre el género masculino.

   En mi caso particular, tal vez no sea tan importante que exista ese amor de fondo en una novela erótica para que me guste de verdad, lo que sí exijo es que exista una trama que le dé soporte –a ser posible, no limitada a la relación monotemática entre los protagonistas-, y que el hilo de la trama vaya evolucionando de forma coherente, no como una simple excusa para describir una escena de sexo tras otra; que se nos presenten unos personajes bien perfilados y no superficiales o estereotipados, con una personalidad que los identifique y, puestos a pedir, que resulten reales y humanos, aunque no compartamos su forma de ser y de comportarse; que el argumento de la novela sea más o menos sólido, tanto sí es de corte romántico como si no, hasta el punto de sentirme interesada no solo por las escenas de sexo sino también por las que no tienen nada que ver con él, ya sea por lo que sucede en ellas, por lo que se describe, o por las reflexiones de los propios personajes en torno a sí mismos o al resto de la historia; y ante todo y sobre todo, que impere la calidad narrativa en la novela, porque el hecho de ser erótica no la deja fuera del ámbito de la literatura, y yo soy de la opinión de que el interés comercial de una novela no debería  obviar nunca su calidad literaria, aunque me consta que esto ocurre. A partir de ahí, si las escenas de sexo se suceden con mayor o menor  frecuencia no es algo tan sustancial para mí; tiendo a pensar que la catalogación de “erótica” lo aporta el alto contenido erótico de este tipo de escenas y la forma explícita y detallada con que se describen, así como las sensaciones, sentimientos o emociones que experimentan los protagonistas a lo largo de la misma, más que el número en sí de veces que estas se repiten. 
   Muchos de estos elementos están presenten en Los lugares secretos, de Paula Soler.

   Tengo que admitir que cuando Grijalbo se puso en contacto conmigo para ofrecerme la novela, me lo pensé. Cincuenta sombras de Grey abrió la veda al consumo de literatura erótica por parte de las mujeres como si ésta no hubiera existido nunca, o como si el señor Grey hubiera hecho desaparecer, como por arte de magia (en realidad fue por arte de marketing) el rubor femenino a acercarse a este género literario, lo que supuso que tras ella vinieran un sinnúmero más de historias, la mayoría de ellas girando en torno al mismo tema: BDSM, dominación-sumisión o sadomasoquismo en diferentes grados con una aparente relación amorosa de fondo –y un protagonista irresistible- como gancho adicional para captar la atención de las mujeres. Tras leer las famosas Sombras y Ochenta melodías de pasión en amarillo, me dije que ya tenía suficiente a nivel literario con un tipo de prácticas sexuales que no me va, por eso dudé si leer o no Los lugares secretos. El hecho de que por una vez los papeles se hubieran invertido (que el dominado fuera él) despertó mi curiosidad; que alguna reseña aparecida con anterioridad hablara de una calidad literaria muy superior a las Sombras de Grey terminó de animarme.

   Tras  haberla leído, he de decir que la novela no ha terminado de llenarme del todo, aunque reconozco que me ha enganchado y me ha gustado bastante más de lo que pensaba. Pero dejad que me explique: no ha terminado de llenarme del todo por una cuestión no imputable a la novela, sino a mí misma, tal vez; como ya he dicho antes las prácticas sexuales que giran en torno al BDSM, sadomasoquismo o similar no me complacen en absoluto, es más, me siento incómoda siendo testigo de la forma en que se practican. Soy consciente de que tanto en las relaciones sexuales como en las fantasías que acompañan al sexo, los juegos de dominación y sumisión se encuentran muy presentes, siendo el patrón más habitual aquel en el que la mujer adopta el papel de sumisa bajo el control y el poder de su pareja, pero de ahí a introducir el dolor (a un nivel importante) y la humillación como parte sustancial del juego erótico va un abismo para mí y estos últimos elementos me producen sensaciones que no disfruto, adopte quien adopte cada papel. De ahí que no me haya terminado de llenar la historia, no he sentido la excitación que se espera que despierte en el lector una novela catalogada como erótica, ni he empatizado plenamente con los protagonistas en esa cuestión. Sin embargo, y siendo objetiva, tengo que admitir que me ha gustado más de lo que pensaba porque en la novela están presentes algunos de esos elementos imprescindibles para mí que ya exponía al comienzo de esta opinión.

   Paula Soler vuelve a plantear como tema de fondo la práctica del BDSM, aunque no enfocado de la misma forma en que lo han hecho otras novelas del género. Tal vez eso explique que yo me haya quedado con la sensación de que esta novela raya más lo romántico que lo erótico. El amor está muy presente en la relación entre los protagonistas y aunque las prácticas sexuales que lo acompañan acaben siendo de este tipo, no imperan en ellas de forma estricta las pautas convencionales del BDSM y los sentimientos comunes que suelen incitar a su práctica a quienes son adeptos  a esta clase de sexo. Algo que me parece un acierto por parte de la autora (tal vez en deferencia a quienes no conocen ni comparten este tipo de relación sexual) es la de haber insertado en la historia reflexiones nacidas de boca de los propios personajes en las que se cuestiona el sentido de estas prácticas, lo que realmente les motiva a llevarlas a cabo, el por qué se adoptan estos comportamientos cuando los mismos que los practican las consideran como alejadas de lo “normal” (siendo la “normalidad” algo un tanto subjetivo de catalogar) hasta el punto de construir un submundo del que no se habla a quienes son ajenos a él, y lo más importante, confesiones que desvelan lo que sienten realmente sus adeptos: algo instintivo a nivel sexual que lo aleja por completo de una elección voluntaria, un instinto lo suficientemente fuerte una vez descubierto como para que resulte sumamente difícil luchar contra él y con las sensaciones placenteras que despierta, aunque resulte a todas luces incomprensible hasta para ellos mismos. Y me parece un acierto precisamente por eso, porque en la propia trama se da respuesta a algunas preguntas que  muchos de nosotros nos hemos hecho alguna vez en torno al tema, lo cual contribuye, si no a que lo compartas, sí a que entiendas, aceptes y respetes a quienes libremente, con madurez y plenitud de conciencia optan por un concepto de placer sexual distinto al que cada cual practica en la intimidad: “¿Por qué los fetichismos ajenos, el sexo de los demás, siempre nos parece enfermizo?” (Los lugares secretos).

   No es esta una novela en la que el sexo lleve la voz cantante, es una novela en la que un tipo de sexualidad da sentido al desarrollo de la historia, a la evolución de la relación amorosa entre los protagonistas, así como a su propia evolución personal, porque no son estos personajes planos, sino de los que se descubren a sí mismos, se sorprenden, se sienten confundidos, se replantean lo que parecían bases sólidas en su vida, cuestionan lo que han sido hasta el momento y lo que desean ser a partir de ahora, y cambian para adaptarse a lo que las circunstancias les deparan, aunque ello implique una lucha interna algo tortuosa durante esa especie de transformación. Personajes que no se limitan a actuar, sino que vierten sus constantes reflexiones a lo largo de las páginas para que los sintamos cercanos, reales y sobre todo, humanos.

   Me ha gustado la narrativa de Paula Soler, con un lenguaje cuidado, fluido, con descripciones precisas que sitúan la historia sin ralentizarla, diálogos bien construidos que despiertan interés, haciendo uso además de una estructura en la que juega con pequeños saltos en el tiempo para ir contando lo que ocurre, lo cual aporta más dinamismo a la narración. Y me ha gustado que opte por el uso de dos figuras narrativas (los propios protagonistas de la historia) para contarla en primera persona ofreciéndonos en muchos casos una visión alternativa del mismo suceso, los sentimientos, sensaciones y reflexiones diferentes que un mismo hecho llega a suscitar en cada uno de ellos.

   Hacer una recomendación de su lectura no solo es difícil, es que a mí además no me gusta hacerla, porque tanto el género literario (romántico-erótico) como el tema de fondo que se plantea no tienen por qué ser, a priori, del gusto generalizado de los lectores. Lo que sí puedo decir es que es una novela bien escrita, bien contada, con una trama que da soporte a la historia y un final que deja buen sabor de boca, sin un número excesivo de secuencias eróticas que, dicho sea de paso, están narradas con detalle, pero con mucha elegancia y sin que en momento alguno resulten burdas o soeces. Una novela que engancha y que cumple bastante bien con su función de entretener, siempre y cuando lo romántico y lo erótico sean una combinación aceptada de buen grado.
                                      

   Muchas gracias a Editorial Grijalbo por el envío del ejemplar.
   Para más información de la novela, pincha aquí.

2 oct. 2013

RELATO: "DESEOS DE FICCIÓN"

   Raquel abre los ojos con la respiración entrecortada, un golpe metálico la ha extraído del sueño excitante en que se hallaba inmersa. Tenues rayos de sol se filtran a través de la persiana, bañando de claroscuros su cuerpo apenas cubierto por su ropa interior de satén. Con lentitud, extiende la mano, palpando el lado derecho de la cama para buscar a David y continuar con él lo que en su sueño acababa de iniciar con un extraño provocándole un resquicio de humedad entre sus piernas. Está vacía. Las sábanas frías y el murmullo procedente de la cocina revelan que él se encuentra allí desde hace rato, dando una mano de pintura al techo como habían acordado el día anterior.
   Notando aún los pálpitos en la sien, se incorpora y se dirige al baño descalza, dedicándose unos minutos para observarse de arriba abajo en la luna del espejo. Su cuerpo estirado por las horas de sueño luce unas curvas trazadas con exquisitez que no duda en exponer aun más bajando ligeramente los tirantes estrechos y la tela del sujetador semitransparente y desplazando los bordes externos de su pequeña braga para adentrarla entre sus nalgas, prietas y redondeadas. Alborota su cabello con los dedos y pone unas gotas de perfume a ambos lados de su cuello permitiendo que resbalen hasta impregnar sus pechos, y retoca la máscara de sus pestañas y la línea negra pintada en sus ojos desde la noche anterior.
   Sus pasos sigilosos le permiten postrarse en el quicio de la puerta para observar la silueta escultural de David encaramada en la escalera, antes de que él se percate de su presencia. Vislumbra con detalle sus muslos bronceados, el centro de su deseo enmarcado por las costuras adicionales de sus boxers ajustados y los trazos de su musculatura fornida y atrayente aflorando por su vieja camiseta sin mangas y de largo recortado. Ella abre los ojos con el deseo encendido, incrementado ante la visión de unas diminutas gotas de pintura que, salpicando su pelo, le infieren un atractivo aún mayor de maduro interesante.
   Raquel carraspea para hacerse notar. En un derroche de sensualidad se recuesta sobre el marco de la puerta y muestra su exuberancia con los labios entreabiertos, humedecidos por el pasear constante de su lengua. Los ojos de David se posan sobre ella y su boca esboza una sonrisa acompañada de un "buenos días" apenas perceptible; ha perdido la voz al verla acercarse con mirada libidinosa, envuelta en el dulzón aroma que tanto lo excita. Hace amago de bajar, pero Raquel lo retiene mientras le ordena con mirada lasciva seguir pintando. Él vuelve a izar el rodillo embadurnado de blanco con la concentración perdida, mientras ella se coloca al pie de la escalera frente a él, sorteando el puente metálico para poder desplazar sus manos con libertad plena y ascender con suavidad por la cara interna de sus muslos hasta el nexo de unión, que comienza a tornarse prominente ante las caricias y la estampa turgente de Raquel que puede verse desde lo alto. Sus dedos femeninos inician bajo la tela flexible con destreza la búsqueda de una piel aterciopelada cada vez más estirada y recorren su largo contorno una y otra vez con sus yemas entrenadas. La respiración acompasada de David comienza a alterarse ante la excitación de su sexo y la mirada provocativa de Raquel, que no está dispuesta a parar.
   David suelta el rodillo en el interior de la lata y se agarra momentáneamente al arco de la escalera para desprenderse de sus bóxers con agilidad. Y permanece inmóvil, de pie sobre el último peldaño, con sus caderas a la altura del rostro de Raquel que ya ha comenzado a acariciar efusivamente sus nalgas aproximándolo a ella. Él inspira, retiene el aire y exhala una bocanada al notar el roce de sus rodillas con los pechos desnudos de su chica, y su sexo enarbolado perdiéndose en su maravillosa oquedad oscura.
   Sintiendo alterado el equilibrio y ante el deseo de dar ocupación a sus manos ociosas, David detiene la acción por un momento y baja, apartando la escalera con brusquedad, rodea a Raquel por la cintura y la oprime contra su cuerpo deslizando las manos por su espalda, por su vientre, pellizcando sus senos con fuerza hasta sentir el deseo irrefrenable de poseerla allí mismo.
   En un impulso desbocado, agarra la braga y la desgarra lateralmente haciéndola caer al suelo, la obliga a abrir las piernas y posando ambas manos bajo sus nalgas la eleva hasta colocarla a horcajadas sobre sus caderas. Raquel, excitada, rodea su cuello con los brazos y lo besa con furor, mordisqueando sus labios, explorando su boca con ansia, mientras él camina con ella hasta la encimera donde la deja caer. La frialdad del mármol, en contraste con el calor de su sexo, la estremece erizándole la piel. Ella se retrepa hacia atrás y abre aún más las piernas esperando recibirlo, mirándolo a los ojos sin musitar palabra, ahogando los gemidos que sin lugar a dudas vendrán después. David la observa complacido y desliza las manos por su cuello, por sus senos, por su cintura y por sus caderas, hasta tirar de sus piernas para colocarla al borde de aquel improvisado asiento con la intención estudiada de dejar accesible el camino por el que adentrarse en ella con ímpetu sublime, hasta alcanzar el éxtasis en una exhalación conjunta.
   Él permanece de nuevo inmóvil unos minutos, sin salir de aquella entraña cálida que lo acoge, con el sudor enfriando sus cuerpos y a la espera de recobrar el aliento y recuperar en parte el compás de la respiración. Raquel recorre con sus uñas largas y esculpidas las vertebras excitadas de David, sus dorsales torneadas, sus bíceps aún tensados, la nuca postrada al reposar la cabeza sobre el hombro. Un nuevo vaivén comienza con sutileza; un nuevo arranque a velocidad lenta que amenaza con tornarse acelerada de un momento a otro, no sin antes hacerla bajar de donde está sentada para girarla hacia la pared, y que la mirada de David alcance a ver ahora su espalda y sus nalgas en cada uno de sus arrebatos.


   Cierro el libro y tomo aire, este capítulo ha sido lo más. Me avergüenza decirlo, pero estoy excitada, nunca había leído erótica por considerarla obscena, pero esta historia romántica me tiene absorbida imaginando un sueño que quiero reproducir en mi vida ahora que la madurez ha revolucionado mis hormonas y tengo la libido a flor de piel. Voy a dejarme de ñoñerías, de practicar este amor de aguas calmas como si fuera un vejestorio sin atractivo alguno, mi vida pide a gritos un soplo de aire fresco. Quiero sorprender a Pepe, vivir con él experiencias nuevas que nos exciten, como a los protagonistas de estas novelas que tengo intención de seguir leyendo.
   Agudizo el oído y escucho un sonido metálico procedente de la cocina. ¡Esto no puede estar pasándome a mí! Pepe se ha decidido por fin a cambiar la maldita bombilla que me recuerda a una discoteca de feria cuando cocino. ¡Esta es mi oportunidad!
   Doy un salto de la cama y me adentro en el baño con el corazón bailando. Enciendo los halógenos dispuestos en el techo y recibo una lluvia de luz que me ilumina el cuerpo, y los pliegues y arrugas que habitan en él… también. Me observo por mitades en el espejo de la pared con el nuevo conjunto de lencería burdeos que compré en el merca tres días atrás. No queda mal, aunque en mi caso, las curvas de mi cuerpo se asemejan más a los escalones del porche que a las líneas exquisitas de la prota del relato. Me estiro lo que puedo para evitar los surcos que dividen mi abdomen en franjas horizontales y acomodo mi braga para parecer más sensual, pero no encuentro el lugar perfecto donde acoplarla, tal vez sea demasiado pequeña: el rebrote de grasa que rodea mis caderas aflora igualmente la ponga donde la ponga, por lo que decido reliar el borde y adentrarla entre mis nalgas para exhibirme sexy, dejando al descubierto los hoyuelos que alguien bautizó con mucha bondad como piel de naranja, y que están metamorfoseando a cráteres del Vesubio a paso veloz. Pero no me importa, me consta que a mi Pepe le gusta mi culo; él dice con voz de encanto que así blandito se coge mejor.
   Espeso mis pestañas con algo de rímel y pinto mis labios de rojo pasión. Deslizo los tirantes del sujetador, aparto la blonda, humedezco mis senos con unas gotas de mi perfume más preciado (el único que tengo) y avanzo con paso sexy y la respiración cortada para mantener el tipo hasta dejarme caer en el quicio de la puerta con pose insinuosa. Pepe está a lo suyo y no me ve. Carraspeo para llamar su atención y siento un cosquilleo nervioso por el cuerpo, una mezcla de rubor y excitación ante lo que será la mirada y las primeras palabras de Pepe cuando me vea.
  —¡¡Niña, joder, que te van a ver los vecinos, que está todo abierto!!” –exclama él, mirando hacia la terraza como un poseso.
   Ignoro su comentario; ya estoy acostumbrada a esos celos que tanto me gustan y que me hacen sentir solo suya. Lo miro de arriba abajo y mi pulso se acelera: los remolinos de su pelo cano, su rostro anguloso con barbita de ocho días, su pecho mullido donde arrebujarme para dormir, el flotadorcillo que protege la tableta de chocolate para que no se derrita, sus muslos velludos con caracolillos perfectos..., y los slips ausentes bajo el corto pantalón deportivo que lleva puesto, cuya redecilla recoge mi fuente del placer como  un nido de ave.
   Avanzo con hambre de sexo hacia la escalera en la que está encaramado. El plafón de cristal se resiste y eso me da tiempo para imitar a mi admirada Raquel recorriendo los muslos de mi marido hasta adentrar las manos bajo la tela del pantalón con todo el erotismo de que soy capaz.
   —¡¡Coño, que manos más frías tienes!!
   Su exclamación me asusta, pero continúo, metida en mi papel de hembra erótica. Los bordes de la redecilla están clavados en sus ingles, por más que intento no puedo introducir los dedos para acariciar su sexo, así es que, sin perder mi sonrisa lasciva deseosa de correspondencia, comienzo a masajear su entrepierna para insuflarle la sangre que noto que le falta aún.
   —Niña, estate quieta —dice con la vista clavada al techo intentando encajar la bombilla nueva sin conseguirlo—. ¡Niñaaaaa, mira que este no es sitio, que me va a dar un calambrazo de narices y me voy a quedar tieso, estate quietecita ya!
   Me mira algo sorprendido y sonrío, sin pronunciar palabra. Dispuesta a seguir con mi empresa, tiro hacia abajo de la prenda que lleva puesta para liberar el falo que me vuelve loca. No hay manera. La boca comienza a resecárseme de mantener los labios entreabiertos y la sonrisa clavada. El pantalón no cede. Con voz sensual le advierto que no puedo deshacer el nudo que los sujetan a su cintura y que necesito ayuda. La magia del momento se rompe ligeramente durante la lucha encarnizada que aquel nudo de marinero hecho a conciencia nos hace librar. Mis dientes toman el mando y mi respiración se vuelve a agitar cuando por fin cede y puedo deslizar el pantalón corto por sus piernas con lentitud. Su sexo aparece ante mí y me detengo, extasiada. Lo veo moverse con cada pálpito, izándose con esfuerzo en cada pulso hasta alcanzar la horizontal. Lo tengo justo frente a mi rostro, me sudan las manos, no sé qué hacer. No me he visto nunca en tesitura tal y me da cierto rubor acercarme a aquello para engullirlo a plena luz del día. Con mi bloqueo mental no reparo en que he dejado los pantalones de Pepe medio enredados en sus tobillos, trabados en una de sus zapatillas que no los deja salir. Me pongo nerviosa cuando observo que está braceando en el aire para mantener el equilibrio que ha perdido por mi hazaña erótica.
   —¡¡Menuda hostia me voy a dar con tus inventos, María, que este no es sitio, te lo estoy diciendo!! —advierte mientras baja de la escalera blanco como la pared-. ¡Anda, vamos p'allá!
   —No, en la cama no, Pepe, aquí. ¡Tómame aquí!
   ¡Por fin reacciona! Mi marido reacciona y sucumbe a mis encantos sensuales sin dilación. Sigo acariciando su abdomen, su pecho, su nuca, su pelo... Él dirige sus manos hacia mi braga de encaje para bajarla (me estoy clavando el borde de la encimera en la espalda, pero mi excitación sublime no me permite quejarme).
  —¡¡Rómpelas, Pepe!! —le ruego solícita imaginando al espécimen de David haciendo aquello con las bragas de Raquel.
  —¡¿El qué?! —pregunta sorprendido, parando en seco la maniobra—. ¿Que las rompa? ¡Pero si son las nuevas, ¿no te las compraste el viernes?!
  —¡Desgárralas, Pepe! —insisto con los labios secos.
  Mi marido agarra la prenda con las dos manos y da un tirón seco sin éxito. Vuelve a intentarlo mientras me clava el resto de la prenda en la entrepierna con el tirón.
   —¡¡Joder, con las bragas del merca, pues sí que resisten!!
   Hace un tercer intento con fuerza desbocada de gladiador romano mientras yo cierro los ojos por temor a que el hematoma de la costura opuesta se instale en mis caderas durante un mes. Al fin lo consigue y una sonrisa aflora a mi rostro. ¡Lo estoy consiguiendo, estoy recreando fielmente la escena que acabo de leer!
   —¡Me he hecho daño, hostia! —vocifera mirándose los dedos.
   Me apresuro a tomar su mano entre las mías y las acerco a mi boca. Las beso y las recorro con la punta de la lengua para suturar las marcas de la costura. Un escalofrío me recorre el cuerpo, ¡hasta estoy improvisando, Dios! Rozo su miembro y me abro de piernas sin dejar de mirarlo. Tomo sus manos de nuevo y las sitúo bajo mis nalgas.
   —Levántame, Pepe -le ordeno con voz ronca.
  —¡Que yo no estoy pa' estos trotes, María, que estoy muy mal de la espalda. ¿Y si seguimos ya en la cama? —sugiere con un deje de resignación.
   —Venga, Pepe, hazlo por mí, yo te ayudo.
   Flexiono las rodillas ligeramente y me impulso hacia arriba al tiempo que él me sujeta por el trasero. Me encaramo a sus caderas como un chimpancé huérfano, cruzando las piernas a su espalda para no caer, porque noto como me voy escurriendo poco a poco sin remisión. Me apresuro a señalarle la encimera, besándole el cuello con pasión.
   —Ahora, siéntame aquí, Pepe, y fóllame.
   Aquel verbo hecho carne resuena en la cocina como una bomba. Con lo erótico y excitante que queda en boca de Raquel, en la mía ha sonado a pilingui barriobajera sin sentimientos ni corazón. Y yo quiero mucho a mi Pepe, bien lo sabe él. Pero ha debido de sonarle igual que a mí, porque aún sigue mirándome, a pesar de encontrarme ya a la altura casi de sus rodillas con las piernas todavía cruzadas por detrás de él para no terminar de caer del todo. Finalmente, se recompone sin decir nada, mi obscenidad lo ha dejado mudo. Hace un esfuerzo colosal por levantarme de nuevo y con total brusquedad me deja caer de nalgas sobre el mármol de la cocina. Cientos de diminutos pinchazos se clavan en mi piel como agujitas afiladas.
    —¡¡Cago en la madre que parió al niño!! ¡Le he dicho mil veces que recoja las migas de pan de la encimera cuando se haga el bocadillo, y nada, ni caso! —grito enfadada por aquella invasión vaginal de levadura.
   Me bajo de un salto, sacudo las migas y me subo de otro. Las interrupciones... cuanto más cortas mejor. Me alboroto el pelo, sonrío de nuevo como si nada hubiera pasado y desplazo el culo por la encimera hasta colocarme en el borde. Me mantengo erguida (en el primer intento de retreparme hacia atras como hizo Raquel me asesté un golpe en la cabeza con el tirador de la vitrina, ella debía tener la pared libre) y abro las piernas invitando a mi marido a que me posea. Pepe se aproxima entusiasmado, con ojos de deseo encendido (no sé si es por mí o porque quiere que termine ya el numerito de una vez).
   No lo encuentro. El sexo de mi marido se ha perdido bajo la encimera, su metro sesenta no le permite estar a la altura de mi entrepierna para poder encajar nuestras piezas y componer el puzle que tanto ansío. Lo veo empinarse, ponerse de puntillas para ganar unos centímetros de altura, como los perrillos de diferente raza cuando quieren copular.
   —¡Que no llego, María! —dice agobiado.
   —El banquete, coge el banquete pequeño que uso para alcanzar los tarros. 
   Pepe resopla, es un sol. Por más que proteste, en el fondo sólo desea complacerme, estoy segura de que nuestra vida sexual a partir de ahora será distinta, más rica, más excitante, más...
  Su primera embestida evapora mis pensamientos, hace que flote a la estratosfera, que me sienta Raquel, una diosa del Olimpo en brazos de mi Adonis particular, que viva un sueño, que cumpla con mis deseos de ficción sin preocuparme para nada por la realidad.
   —¡¡¡El condón!!! ¡¡Pepe, el condón!! ¡Que no te has puesto condón, Pepe!
   —¡Pero cómo me voy a poner condón si no has parado de decirme lo que tenía que hacer! ¿Ves? Si lo hubiéramos hecho en la cama como Dios manda, habría caído en la cuenta del globito. Pues... tú dirás...
   —¡No importa, sigue, cometamos una locura de juventud!
   —Te recuerdo que la última locura de juventud se llama Lola.
   No escucho lo último que dice, me dejo llevar por sus impulsos desbocados, medidos a conciencia, eso sí, para no caerse del taburete que cada vez cruje más, pero deliciosos. Mi pulso se acelera al compás de sus gemidos de toro de Mihura, sin importarnos las miradas de vecinos envidiosos de nuestra pasión. Hasta que llega al éxtasis y echa el freno con más eficacia que el ABS. Yo aún estoy a medio gas, necesito algo más, dos, tres..., cuatro empujoncitos más. Pero acaba. Se retira exhausto, se baja del pedestal y busca sus pantalones con el cordón destrozado por el suelo de la cocina.
   —Otra vez, Pepe, no te vayas, tómame otra vez  —suplico apasionada.
   —¡Sí, vamos, que te crees tú que esto se recupera tan pronto! Además, son las siete cuarenta y cinco, a las ocho empieza el partido de la Champions y tengo que ir a por cervezas. Esta noche repetimos, ¿vale, pichoncito?



   © Pilar Muñoz Álamo - 2013
      

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